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XXII


—¿Cómo está mi esposo?

—No voy a hablar del tema.

—¿Por qué? Hace años que se fue contigo. Al menos dime cómo está.

—Lo siento Clementina. No vine a discutir contigo. He venido a ver a Felipe.

Estas palabras hicieron que el corazón de Clementina crujiera. Quiso reclamarle a la mujer, pero por experiencia sabía que era inútil.

—Al menos deja que me despida.

Clementina se agachó con esfuerzo y acarició durante largo rato la cabeza de su perro.

Adiós, Felipe —dijo con tristeza—. Y tú… primero mi esposo y ahora Felipe. ¿Cuándo? ¿Cuándo vendrás por mí?

—Eso no puedo decírtelo —respondió la muerte.

 
 
 

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