- Esteban David Loyola Luque
- 30 jul 2020
- 1 Min. de lectura
XXII
—¿Cómo está mi esposo?
—No voy a hablar del tema.
—¿Por qué? Hace años que se fue contigo. Al menos dime cómo está.
—Lo siento Clementina. No vine a discutir contigo. He venido a ver a Felipe.
Estas palabras hicieron que el corazón de Clementina crujiera. Quiso reclamarle a la mujer, pero por experiencia sabía que era inútil.
—Al menos deja que me despida.
Clementina se agachó con esfuerzo y acarició durante largo rato la cabeza de su perro.
Adiós, Felipe —dijo con tristeza—. Y tú… primero mi esposo y ahora Felipe. ¿Cuándo? ¿Cuándo vendrás por mí?
—Eso no puedo decírtelo —respondió la muerte.

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